20 may. 2009

Entre las Sombras (Parte 2)

¡Saludos a los Viajeros!

Bueno, tal y como dije en su momento, continuamos con las aventuras y desventuras de Vaeren y Joram, los dos protagonistas de mi propia campaña rolera, que espero que continúe este fin de semana.

Aquí os dejo la segunda parte, y en breve colgaré la tercera y última:


Entre las Sombras (Parte 2)

Estaba completamente paralizado. ¿Un ataque en Aguasclaras? Era tan inverosímil que no era capaz de reaccionar. Cuando las sombras furtivas se pusieron al alcance de la luz, el herrero pudo comprobar que eran hombres, sólidos y reales, que empuñaban afiladas armas mientras se deslizaban entre las casas que comenzaban a arder.

Poco a poco, su adiestramiento militar, que el tiempo había enterrado bajo el hábil artesano, volvió a florecer. En el centro de la aldea había una pequeña tarima de madera, con un alto poste vertical gastado por el paso del tiempo, del que colgaba una campana algo oxidada, utilizada para dar los pregones o las noticias importantes.

Con un ágil salto, el fornido herrero subió a la tarima y agitó con fuerza la campana. El repicar, unido a las voces de aquellos que empezaban a darse cuenta de la presencia de las llamas, resonó furiosamente en el silencio de la noche, mientras Joram daba la alarma con toda la potencia que le otorgaban sus pulmones.

- ¡Alerta, nos atacan! ¡Fuego, Fuego! ¡Nos atacan!

Los campesinos salieron en tropel de la posada, para ser recibidos por los asaltantes, que saltaron sobre ellos como animales. A los gritos de alarma se unieron los alaridos de dolor y agonía.

Joram, con el corazón a punto de estallar, corrió con toda la velocidad que le permitían sus piernas hacia la forja. Apenas si abrió la puerta, empujándola con el hombro, y penetró en sus estancias. En un desvencijado armario se encontraban sus antiguas armas, de cuando hizo el servicio militar, obligatorio para todos los jóvenes kaldrianos. Se echó por encima la cota de malla, llena de polvo pero aún en buen estado, y aferró uno de los enormes martillos de guerra, de mango largo, que tenía pendiente de entregar.

Gracias a sus poderosos brazos, manejaba el arma con facilidad, aunque a cualquier otro hombre le habría costado incluso alzarlo del suelo. Sin pensarlo dos veces, volvió a salir a la ardiente noche.




Con el primer grito de alarma, Vaeren Drakaar, Iniciado de los Caballeros del Dragón, ya estaba en pie. Con el segundo, abría la puerta de su habitación. Sin perder un segundo, con la presteza que da el entrenamiento y la práctica, se colocó su armadura y aprestó sus armas.

De una patada, abrió los postigos de la ventana, y saltó al exterior. Aunque extrañado en su fuero interno por el repentino ataque, sus pensamientos habían sido sustituidos por el adiestramiento en el combate. Al ver las figuras que atacaban el pueblo, se lanzó hacia la pequeña estancia que hacía las veces de establo, buscando su imponente corcel.

Éste, agitado ante las extrañas presencias, pataleaba con sus cascos el suelo, agitando la amplia testuz, con los ollares dilatados por el miedo. Vaeren trató de aferrar las riendas, pero en ese instante, uno de los asaltantes cayó sobre él, lanzando alaridos animales. El Iniciado apenas pudo interponer su escudo, desviando el letal golpe que habría acabado con su vida.
Su montura, enloquecida, salió al galope, huyendo del pequeño pueblo. Vaeren, enfurecido, soltó el escudo y aferró su espada bastarda con las dos manos, clavando sus pupilas en el enemigo. Era vagamente humano, con mucho vello corporal y unos ojos inyectados en sangre que lo contemplaban con odio. Se hallaba agachado, como una bestia acechando a su presa, y sujetaba en sus grandes y sucias manos una enorme y tosca maza.

La bestia saltó hacia él, pero el guerrero, haciendo gala de una gran pericia en el combate, se deslizó a un lado esquivando el ataque, y trazó un arco horizontal que terminó con su arma profundamente clavada en el costado de su contrincante. De un tirón arrancó su arma, tinta en sangre, y dejó al enemigo agonizante en el suelo.

Avanzó hacia el centro del pueblo y volvió a prepararse, pues dos enemigos se abalanzaban contra él.




Nada más salir, Joram pudo ver a uno de los salteadores, corriendo furiosamente hacia él. Sin dudarlo un instante, y con un gruñido gutural brotando entre los dientes, se abalanzó hacia la bestia.
Un instante antes de chocar, apoyó una rodilla en tierra y lanzó un potente golpe. Notó la espada de su enemigo surcar el espacio encima de su cabeza, apenas un momento antes de que la pesada cabeza del martillo impactara en el tronco rival, con un espantoso crujido de huesos.

El atacante voló varios metros hacia atrás, debido a la violencia del impacto, cayendo pesadamente al suelo, donde quedó inmóvil. Joram, respirando pesadamente volvió a lanzarse a la batalla, enfrentándose ahora a otros dos enemigos.

Los tres contrincantes se analizaron durante varios segundos, evaluando sus posibilidades. El herrero balanceaba el martillo de un lado a otro, tratando de cubrir todos sus flancos. Sabía que no era un guerrero, y que estaba en desventaja, pero lo que le faltaba en adiestramiento, lo supliría con furia.

Uno de los hombres atacó, enarbolando dos espadas cortas. Joram las desvió con el mango del martillo, y lanzó un golpe corto que alcanzó a su rival en el rostro, atontándolo. Tratando de aprovechar la oportunidad, el herrero alzó su arma por encima de su cabeza, con la intención de acabar con todo.

El martillo se abalanzaba letal contra el saqueador, cuando Joram sintió el frío beso del acero entre sus costillas. A pesar del latigazo de dolor, apretó los dientes y completó el movimiento, golpeando en la cabeza al que estaba aturdido.

Dio unos pasos hacia atrás, tambaleante. Notaba la sangre caliente manando de la herida, allá donde la hoja enemiga había atravesado la protección de malla. Su rival lo contemplaba con una feroz sonrisa en su bestial rostro, esperando a que le fallaran las fuerzas.

Anticipando eso, el herrero se lanzó contra su enemigo, lanzando golpe a diestro y siniestro, pero el dolor mitigaba su velocidad y potencia, con lo que el asaltante podía esquivar los golpes con facilidad.

Le quedaba poco tiempo y lo sabía.

1 comentario:

Specter dijo...

Oleeeeeeee oleeeeeeeeeeeee....

Ese es mi Drakyan!!! Oleeeee

Repartiendo toñas a tuttipleni!!!

(En realidad tiene mas protagonismo el herrero marica.. ¬¬)

Bueno, siguiendo con la anterior redaccion de la partida, sigues en la misma soberbia linea, asi que, poco mas añadir... Genial tio!!

Un saludo

Drakaar Vaeren .. que diga Specter