Tras varios días recuperándose de sus heridas y estudiando
los antiguos secretos de la Biblioteca de Xanor, el mago Kaledor encontró
ciertas referencias que hablaban de una extraña enfermedad que tornaba a las
víctimas en estatuas de obsidiana, así como de un antiquísimo Rey Hechicero del
misterioso país de Nemkhet que utilizaba una Joya para acabar con sus enemigos,
a la que se llamó el Corazón de Obsidiana. Siendo esa su única pista, ofreció
gran parte de su tesoro personal a nuestros héroes para que lo acompañaran
hacia el sur, hacia el continente de Har Addah, en busca de dicha joya.
Seguían sin tener noticias de Maya. La elfa oscura había
desaparecido de las ruinas, y nadie la había vuelto a ver. Acostumbrados como
estaban a sus idas y venidas, ninguno se
extrañó de su ausencia, así que tras preparar sus pertrechos, partieron hacia
el sur.
El viaje fue largo y aburrido, meses en la larga balandra
del capitán Harlan, un curtido marinero de pocas palabras, pero por fin,
alcanzaron el continente del sur. El barco entró en el puerto de Punta Arena,
el principal centro comercial entre ambos continentes, lleno de barcos de
diversas naciones y cuyo puerto estaba hasta rebosar de gente, quedándose
extrañado ante la presencia de varios barcos de guerra de Tyrea, una nación
conocida por sus creencias fanáticas y racistas.
Cuando pusieron pie a tierra, descubrieron que Tyrea había
empezado una ofensiva de conquista sobre Nemkhet, conquistando Punta Arena y
Madina an Nur, que era el primer destino de la compañía. Siendo casi en su
totalidad, miembros de razas no humanas, no hace falta decir que el grupo no
estaba muy contento con la situación actual en Punta Arena.

Fyrian se acuclilló
delante del chico, y ante la sorpresa de todos, le dio diez monedas de
plata, lo cual hizo que le pilluelo pusiera los ojos como platos, esbozara una
sonrisa de oreja a oreja, y saliera corriendo. No podían saberlo, pero ese
gesto acababa de garantizarles inmunidad con los cortabolsas de la ciudad.
Por fin, Kaledor apareció y les dijo que había encontrado
una caravana que partía el día anterior hacia Madina an Nur. Estaba compuesta
por unos quince camellos cargados de bártulos, una decena de porteadores y
conductores, y algunos guardias. Telkar, un amable shendio de oronda figura era
el dueño de la mercancía, acompañado por un local, un nemkheti llamado Raib.
El viaje fue difícil, sobre todo por el calor que hacía, a
pesar de que trataban de viajar en las horas con la temperatura más baja, pero
aún así, era un avance lento entre las dunas. De repente, un revuelo en la
parte delantera de la caravana llamó la atención de los héroes.
De la arena surgieron unos humanoides reptilianos vestidos
con armas y armaduras primitivas, que se lanzaron siseando contra los miembros
de la caravana. Pronto comenzaron las hostilidades, pero sin duda el calor y la
dureza del viaje habían mermado las capacidades de los miembros del grupo.
Itharyel lanzaba flecha tras flecha a los hombres serpientes
sin mucho éxito, y Antarius usaba su magia contra los asaltantes. En el otro
flanco, Relikki se veía sorprendido por la capacidad que tenían los reptiles de
expulsar una nube cegadora, y fue derribado. Sólo Fyrian aguantaba el tipo
aunque sus armas parecían ser débiles contra la armadura escamosa de los
enemigos.
Uno de los hombres lagarto lanzó una estocada que pilló al
mago con la guardia baja y lo dejó en el suelo, inconsciente y agonizando. Tras
un intercambio de golpes, Itharyel sufrió el mismo destino.
El combate se alargó, pero poco a poco la balanza pareció
decantarse hacia el lado de la compañía. Raib se reveló como alguna especie de
clérigo que curó al arquero y al hechicero, y por fin, tanto Fyrian como el
guerrero enano finalizaron el combate, haciendo huir a los lagartos restantes. Magullados,
continuaron el camino hacia la ciudad.
Antes de llegar, una patrulla de Templarios del Alba, los
soldados pertenecientes a Tyrea, salieron a su encuentro liderados por un tal
Soren que parecía menos radical que el resto de compatriotas. No sólo los
escoltó hasta la ciudad sino que les dio un par de consejos sobre la misma que
pronto se encargaron de ignorar.
Se establecieron en el Áspid, una posada recomendada por
Soren en pleno zoco, y se dispersaron
para buscar información sobre el Corazón de Obsidiana mientras Kaledor trataba
de encontrar a un aliado que tenía en la ciudad.
Sus pesquisas llamaron la atención de una hermosa muchacha
con una lágrima circular tatuada en la mejilla, que los abordó en medio de la
calle. Les dijo que podía darles información sobre lo que buscaban, pero en ese
preciso momento se percató de que un grupo de templarios venía a por ella.
- ¡Por favor, ayudadme! - susurró a Fyrian, que notó como su
corazón y su entrepierna quedaba estremecida por la belleza de la dama.
Esta entró en un edificio,
un establecimiento de herbolaria, seguida por los templarios, seguidos a
su vez por el grupo. Al entrar, vieron al viejo dueño de la tienda desangrándose
por un tajo en la garganta, y al escuchar ruido, salieron por la puerta de
atrás a un patio interior.
Allí, los tres templarios habían acorralado a la muchacha,
que se defendía como un gato panza arriba con una daga curva. En el forcejeo,
el velo se le había desgarrado, revelando la belleza exótica de su rostro.
Fyrian el Intrépido, haciendo honor a su nombre, utilizó su látigo para
columpiarse en una viga e interponerse entre la mujer y los templarios, creando
la distracción perfecta para que Antarius usara su poder arcano, durmiendo a
los enemigos mágicamente.
La muchacha, de nombre Kynthia, los apremió a marcharse de
allí antes de que llegaran más templarios, y comenzó a guiarlos hacia las
Madrigueras, la zona de arrabales de Madina an Nur. Obviamente, los héroes
aguzaron la vista temiendo un posible ataque.
Kynthia les contó que su padre tenía contactos entre los
sabios y políticos que habían tenido que esconderse de los tyreanos, y que
podría ayudarlos, de forma que los llevó hasta él. Entraron en una casa
atestada de torvos guerreros de miradas aguileñas, que aferraban sus cuchillos
con gesto seguro. Al fondo, sentado en un sitial, abanicado por dos mujeres con
hojas de palmera se hallaba el padre de Kynthia, Kalam Mekhar, líder del clan
Mekhar.
Tras una tensa charla, éste les dijo a los héroes que antes
de confiar en ellos tenían que cumplir una misión. Tenían que ir a una posada
llamada el Ankh Rojo y preguntar por Shylaz. Éste hombre les daría algo que
tenían que traerle de nuevo.
Al llegar a la posada, fueron conducidos al piso de arriba,
donde les esperaba Shylaz, pero antes de que pudieran hacer nada, fueron
atacados. La puerta se abrió de una patada y entraron dos enormes logatyr, una
raza de la que se dice que por sus venas corre sangre de gigante, acompañados
por tres guerreros y un líder templario.
El muro defensivo que habían creado Relikki y Fyrian se
tambaleó cuando el capitán templario extendió un dedo y lanzó un hechizo de
miedo sobre el enano (que pifió la tirada de salvación de voluntad) y huyó
asustado a esconderse debajo de la mesa. Eso hizo que uno de los semi gigantes
se abalanzara sobre el elfo y le lanzara un golpe atroz con su maza que casi
acaba con su vida. Nuevamente la aparición de Antarius Dorozan se antojó fundamental
cuando lanzó diversos hechizos de dormir que fueron haciendo caer a los
enemigos. Así, aunque era un combate duro, poco a poco consiguieron tomar las
riendas de la batalla.
Cuando el capitán enemigo vio que se giraban las tornas,
hizo un gesto con la mano, y un globo de oscuridad cayó en la habitación. Justo
en ese momento, Itharyel notó movimiento a su lado, y aunque fue capaz de
sujetar al misterioso enemigo, al final no pudo evitar que secuestraran a
Xylaz.
¿Qué ocurrirá ahora en las exóticas y misteriosas tierras de
Nemkhet?